A TI ME RINDO MI DIOS.
Tú que todo lo ocupas y
significas,
haz de mí lo que quieras.
He deseado acabar contigo,
lo confieso,
desterrarte de mi alma,
destronarte de mi cuerpo, Dios verdugo,
apostatar de ti, tirano Todopoderoso.
Y sin embargo a ti regreso mi Dios
para humillada rogarte:
Haz de mí lo que quieras
Es inútil seguir negándolo
Rechazarte. Ahogarte
en el silencio y la penumbra.
¡Oh, guerra infructuosa!
Todo mi cuerpo y mi alma, tuyos
se proclaman..
Así que, devastada y
vencida vuelvo a ti mi Señor.
Te suplico que me escuches:
A ti me rindo mi Dios.
Haz de mí lo que quieras.
Nombraste mi nombre y
lo bendijiste con adjetivos
de ángeles.
Señalándome me amaste:
Tú y yo fuimos UNO.
Me llenaste de dicha.
Me sentí divina.
Todo en mi mundo y yo
cobramos sentido.
Pero luego… ¿Por qué me diste la espalda?
¿Por qué retiraste de mí tu Verbo y tu Luz?
Me ignoraste, me ahogaste,
me prostituiste, me devastaste
con tormentas y furiosos vientos huracanados.
Me abandonaste dejándome sufrir sed y hambre y
frío a la espera de un milagro
en este desierto que ahora es mi mar.
Por eso, por eso
-¿lo entiendes?-
quise apostatar de ti.
Mas, seguro que merecía ese castigo.
Escucha mi grito de socorro:
A ti me rindo mi Dios.
Haz de mi lo que quieras.
¿Dónde erré? Cumplí con el culto.
Bebí de tu cáliz,
puse tu cuerpo en mi boca,
te proclamé a todas horas
te mostré a todos como de
cría mostraba mis tesoros.
Te compartí con ellos.
¿Qué hice mal mi Dios? ¿Qué fue?
Algo, algo tuve que hacer.
¿Fueron acaso mis dudas,
mi desconfianza,
mis celos?
Perdóname Señor, te lo suplico.
A ti me rindo mi Dios.
Haz de mí lo que quieras.
Señor, mi Príncipe bondadoso,
Vuelve tus ojos a mí. Apíadate.
No me dejes en esta oscuridad que ciega
en este silencio poblado de voces que me odian
y alimentan de muerte.
A ti me rindo mi Dios.
Haz de mi lo que quieras.
A ti me rindo mi Dios, Amor,
A ti que toda me habitas.
Sé que se hará tu voluntad.
Lo acepto. Te adoro. Te proclamo.
Lo contrario sería mortal pecado,
Sería un suicidio en muerte.
