4 PAREDESy 24 HORAS EN LA CIMA DE UN VOLCÁN
“Who were we to think we could act as pioneers”
Jude The Obscure, Thomas Hardy.
No fue hasta al cabo de un año de conocerse cuando un día, en un descuido, la pasión se les desbocó.
Ella: quince años de matrimonio y unos hijos a los que amaba con locura. Con un buen trabajo, relativamente independiente.... Pero sola, harta de vivir del recuerdo de un amor ya muerto. Sin nadie a quien enseñar su alma. Sin nadie a quien escuchar el alma. Hacía mucho que el hastío se había instalado en su cama; mucho que se aburría inventándose una pasión inexistente por su esposo. Había dejado de creer en el amor. Hasta un día, cuando delante de una copa de vino, decidió sostenerle la mirada a un compañero de trabajo que tenía delante y que la estaba escuchando. Al asomarse al abismo de sus ojos, se sorprendió furiosamente atraída y decidió precipitarse al deseo. Borracha de lo prohibido, se sintió libre y se ofreció a aquel hombre pequeño que la hacía sentirse bella y poderosa.
Él: otros tantos años de vida en común con una mujer lindísima, sin hijos. Extranjero, joven, con un buen trabajo... Pero frustrado y ansioso no sabía por qué... A la deriva. Hacía mucho que la rutina se había instalado en la vida de la pareja; mucho que habían dejado de fundirse el uno en el otro. Por las noches, se abrazaban como hermanos huérfanos para dormirse. Sin darse cuenta, él dejó de amarla y ella se convirtió en su mejor amiga para él. Se olvidó del amor hasta un día, un jueves, en que se estremeció sin previo aviso cuando descubrió en los ojos de una mujer sola la pasión que nunca antes nadie le había regalado. Ese día se volvió loco por esa osada que lo hacía sentirse más grande que nunca. Y aunque asustado, supo que estaba dispuesto a amarla sin condiciones.
Durante meses jugaron a hacerse el amor con ojos y palabras. Eran como niños cándidos, ignorantes del peligro. Intercambiaban poemas y canciones como adolescentes enamorados del amor, enajenados, idolatrándose el uno al otro. Pero ella nunca podría abandonar a sus hijos y detestaba la idea de convertirse en una adúltera. Y él, a su manera, no podía dejar de amar a aquella mujer que tanta amistad le había regalado. Ninguno de los dos quería caer en la vulgaridad de un adulterio y manchar un amor tan delicadamente puro. Así estuvieron meses, aterrorizados por un sentimiento de culpa devastador, intentando controlar la furia de su deseo incendiario.
Pero ayer, hoy, se rinden ante su locura. Se han subido a un taxi que los lleva a casa de él. Y helos aquí ilusionados, camino de su primera huída, decididos a amarse con manos, sexos, pies... Dispuestos a firmar una declaración de amor sobre sus pieles. En el taxi se abrazan y se besan escandalosamente hasta que el conductor les llama la atención. Paran entre risitas. Y finalmente llegan a su refugio. Y suben las escaleras a vuelo y él torpemente introduce la llave en la cerradura. Y encienden las luces. Y se miran. Se escudriñan. Y de repente… ¿Cómo ha ocurrido? ¿Qué les pasa? Empiezan a sentirse incómodos, extrañamente voraces e inapetentes a un mismo tiempo. Y siguen abrazándose y besándose durante unos segundos más, pero ya mecánicamente... porque el cerebro ha pisado el freno... ¡Qué estúpidos! Por un momento se habían creído capaces de esquivar el sentimiento de culpa, ese brutal asesino que agazapado en sus conciencias, sigue de cerca sus movimientos. El miedo los coarta apenas comenzaban a desnudarse. Los besos y las caricias se acortan, se distancian, se paran. Sus sexos se repliegan. Se entregan entonces a un abrazo doloroso en el que intentan arroparse contra el helado desasosiego que les produce la inminente separación. Así se están un largo rato, acunándose en el llanto por la injusticia, por la catástrofe de su destino. Hasta que llega la hora en que ella debe marcharse.
Siempre lo mismo, se lamentan. Despedirse dejando el fuego mal apagado. Contener la emoción; vivir su amor siempre a escondidas y a medias; estremecerse entre prisas y culpas. Sólo les queda, una vez más jugar a las citas imposibles: se verán esta noche en sus sueños; en la cara oculta de la luna; en mitad del océano; en la cima de un volcán... ¡Ay! ¡Si tan sólo pudieran tener un día entero para ellos! If only... Un día de veinticuatro horas enteras para ellos, en el que desnudos de compromisos, de memoria y de conciencia, se pudieran devorar sin pausa, saciar el uno del otro, ante la mirada de cuatro paredes vacías, un techo y un suelo. Ellos, solo ellos, desnudos hasta de sus nombres durante veinticuatro horas. 24 hours. Abastecidos de labios y ojos para 24 horas. 24 hours.
(Para G.P., dondequiera que esté.)
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